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EL TOTALITARISMO Y LA
NATURALEZA HUMANA:
CÓMO Y POR QUÉ FRACASÓ EL COMUNISMO
Los diez factores psicológicos
que hacen incompatibles al hombre y al marxismo
Por: Carlos Alberto
Montaner
Conferencia pronunciada en Madrid el 21 de febrero
de 2005 dentro del ciclo “La revolución de la
libertad” convocado por FAES en el Aula Magna de la
Fundación Universitaria San Pablo-CEU
PALABRAS INICIALES PARA CELIA HART
Hace algunas semanas Celia Hart volvió a aludirme públicamente.
Celia Hart es la hija trotskista de Armando Hart y Haydee
Santamaría. Estudió Física en Alemania,
pero aparentemente su verdadera vocación es el activismo
ideológico y postula sus ideas con energía y
cierta inteligencia. Creo que sus palabras fueron pronunciadas
en uno de esos pintorescos actos bolivarianos convocados por
el chavismo para estimular el Armagedón planetario
que supuestamente se avecina y que a ella tanto le entusiasma.
Algo perfectamente natural, pues el principal rasgo del trotskismo
que la señora Hart defiende ?la búsqueda afanosa
de una revolución comunista mundial que le haga frente
a las democracias capitalistas hasta su total extinción?
coincide tangencialmente con el vago proyecto político
del ex coronel golpista venezolano. Por otra parte, Doña
Celia, probablemente con razón, está convencida
de que el socialismo no puede sobrevivir en un solo país,
así que su instinto totalitario la lleva a proponer
la proliferación del sistema que impera en Cuba desde
hace 46 años para lograr la salvación del castrismo,
hoy en claro peligro tras la debacle de la URSS.
El problema, claro, es que el comunismo,
a corto o largo plazo, no puede sobrevivir ni en un país
ni en veinte: es, sencillamente, inviable. En 1988 medio planeta
era comunista, con la Unión Soviética y una
decena de satélites europeos a la cabeza. Hoy, con
convicciones comunistas, sólo quedan en pie, y muy
maltrechos, los gobiernos de dos pequeños manicomios
caudillistas, minuciosamente magullados por el llamado “socialismo
real”: Cuba y Corea del Norte. China y Vietnam, mientras
tanto, mezclando modos capitalistas de producción,
incluida la propiedad privada, con el partido único
y el militarismo, han evolucionado hacia el fascismo. Comenzaron
invocando a Lenin y acabaron por descubrir a Mussolini. Sólo
que ya se sabe que, eventualmente, ese fascismo asiático,
brutal y eficiente, como ocurrió en Corea del Sur y
en Taiwán, de la mano de las grandes potencias occidentales
acabará desplazándose progresivamente hacia
comportamientos democráticos y plurales mucho más
amables con los seres humanos. Es cuestión de tiempo.
Pensé responderle puntualmente sus
palabras a la señora Hart, pero he preferido, como
dicen los viejos retóricos, “negar la mayor”.
Es decir, explicar por qué el comunismo es inviable.
La oportunidad la tuve hace unos días, en un ciclo
de conferencias convocado en una universidad madrileña
por FAES, una prestigiosa fundación de corte liberal
que preside José María Aznar, titulado “La
revolución de la libertad”. Mi charla ?precedida
por valiosas reflexiones de Francis Fukuyama, Helmult Kohl
y otros expositores? tuvo un título largo, pero transparente:
El totalitarismo y la naturaleza humana: cómo y por
qué fracasó el comunismo. A lo que agregué,
para que no hubiera duda, un subtítulo aún más
puntilloso: Los diez factores psicológicos que hacen
incompatibles al hombre y al marxismo.
Un último comentario antes de entrar
en materia: la señora Hart, tras justificar el terrorismo
revolucionario, promete esperarme en Cuba con un rifle en
la mano, dispuesta a matarme, si es que alguna vez el régimen
cubano corre el riesgo de desaparecer. En realidad, no creo
que deba cometer un crimen tan censurable que, francamente,
no casa con su rostro amable. Yo, por mi parte, ni siquiera
intentaría defenderme. Tengo una hija de su edad y
me horrorizaría hacerle daño. Si el destino
me depara el privilegio de volver a Cuba para colaborar en
el desmantelamiento de ese infinito calabozo, lo haría
sin otra arma que la computadora portátil y sin otro
propósito que acudir a defender el derecho de todos
los cubanos ?incluida la señora Hart? a expresar sus
creencias libremente y a organizarse de acuerdo con los ideales
e intereses que les parezcan razonables.
Más aún: mi más recurrente
ilusión es poder inducir comportamientos pacíficos
y respetuosos en la conducta pública de los cubanos.
Ha sido el culto por la violencia ?junto a unas cuantas ideas
descabelladas? lo que nos ha precipitado en este hueco negro
de la historia, con miles de fusilados y ahogados en el Estrecho
de la Florida, en medio de una permanente crispación
que ha convertido a nuestro país en una sociedad áspera
y desagradable de la que millones de personas quisieran huir
si tuvieran adónde y cómo. Hay que reivindicar,
pues, la cordialidad cívica. No es necesario coincidir
con el adversario, tenerle afecto, y ni siquiera buscar consensos.
Basta con respetarlo y tratarlo decorosa y dignamente. Las
sociedades que tienen ese tipo de conducta son las que prevalecen.
Por no ser así, entre otras razones, algún día,
quizás pronto, el comunismo desaparecerá de
Cuba. Ahora entremos en materia.
A principios de la década de los noventa
viajé a Moscú en varias oportunidades. El mundo
había sido testigo de dos sucesos asombrosos: la pacífica
desintegración de la URSS y la disolución por
decreto del partido comunista más grande y fuerte del
planeta. Ya gobernaba Boris Yeltsin, con quien, a su paso
por Estados Unidos, había compartido una interesante
mañana en la que pude darme cuenta del increíble
nivel de confusión e improvisación que existía
en los altos mandos del Kremlin y el intenso miedo que este
político, nacido en los Urales, en los confines de
Europa, sentía a ser ejecutado por el KGB.
Curiosamente, el entierro de la URSS podía
verse como una victoria del nacionalismo ruso, que juzgaba
ese desmembramiento como una suerte de deseada liberación
que libraba a Moscú de un rosario de incosteables sanguijuelas.
Sólo Cuba, en el remoto Caribe, le había costado
a los rusos más de cien mil millones de dólares
en inútiles subsidios a lo largo de varias décadas.
¿Qué sentido tenía continuar sosteniendo
a la Nicaragua sandinista, agregar a la lista de satélites
la Etiopía de Mengistu y la Angola revolucionaria,
o insistir en la guerra colonial de Afganistán? Entonces
se repetía una audaz frase que sintetizaba esta pragmática
posición política: “hay que liberar a
Rusia de la URSS”. Al fin y al cabo, aún podándole
las adherencias imperiales, Rusia seguía duplicando
en tamaño a cualquiera de las otras grandes naciones
de la tierra: Estados Unidos, China, Canadá, Brasil
o la India. El mundo veía a los soviéticos como
verdugos, mientras los rusos, en cambio, se percibían
como víctimas de una ideología que había
hipertrofiado el perímetro de sus responsabilidades
económicas y militares en perjuicio del bienestar de
la propia población eslava.
Pero tal vez más sorprendente aún
que la incruenta cancelación del imperio soviético
fue el dócil comportamiento del PCUS: sus veinte millones
de miembros acataron la orden de disolverse sin protestar,
y el país de Lenin, el país de la “gloriosa
Revolución de Octubre”, meca y mito de todas
los revolucionarios radicales del siglo XX, a una sorprendente
velocidad enterró los dogmas y doctrinas marxistas-leninistas
con un universal gesto de fatiga.
En ese viaje a Moscú, tras entrevistarme
con el canciller Andrei Kozirev y el vicecenciller Georgi
Mamedov para hablar de los inevitables asuntos cubanos, por
medio del escritor Yuri Kariakin, un gran especialista en
Dostoievski y en Goya, concerté un encuentro con Alexander
Yakovlev, un personaje que ya estaba fuera del gobierno, ex
embajador de la URSS en Canadá, y tal vez el principal
consejero e ideólogo de Mijail Gorbachov. Quería
escuchar en su propia voz una explicación coherente
sobre el proceso que había liquidado el sistema comunista
en la nación que por primera vez lo puso en práctica.
En ese momento Yakovlev era el funcionario
clave de una fundación creada por Gorbachov, e irónicamente
nos recibió en el enorme despacho que había
ocupado Mijail Suslov hasta su muerte, ocurrida en 1982. Suslov
había sido el implacable defensor de la ortodoxia comunista,
el Torquemada de mano dura contra cualquier desviación
de la obediencia al Kremlin, ya fuera el trotskismo, el titoísmo
o la revuelta húngara de 1956. Si existía un
símbolo del drástico cambio ocurrido en la URSS
era que Yakolev estuviera sentado exactamente en el lugar
que, en su momento, ocupara el temido Suslov.
Un sistema contrario a la naturaleza
humana
La historia que me contó Yakovlev merece ser repetida.
Este héroe de la Segunda Guerra mundial, miembro prominente
del Partido, a principios de la década de los setenta
se atrevió a escribir que el comunismo soviético
arrastraba un perverso componente de la historia zarista que
lo llevaba a ejercer la violencia indiscriminada contra la
sociedad, lo que, a su vez, impedía el desarrollo de
la URSS en todo su enorme potencial.
Tal vez para impedir que ese peligroso juicio
se contagiara a otros camaradas, el entonces premier Leonid
Breznev, quien poco antes, tras la invasión a Checoslovakia
de 1968, había formulado la doctrina imperial que le
concedía al PCUS el derecho a decidir dónde
y cuándo desplegar los tanques para preservar el comunismo
en el planeta, que era tanto como asignarle a la URSS el derecho
al uso indiscriminado de la violencia a escala internacional,
le procuró a Yakovlev un exilio dorado, nombrándolo
embajador en Canadá, lejos de las intrigantes camarillas
del Kremlin.
Pero el destino, como en el reino de Serendip,
a veces desemboca en el lugar exactamente contrario al procurado.
Sucedió que un día llegó a Canadá
en viaje oficial un joven técnico en desarrollo agrario,
prometedora estrella del Partido Comunista, el señor
Mijail Gorbachov, y se reunió con su embajador Alexander
Yakovlev, y estuvieron conversando durante varios días,
tal vez porque la misión de Gorchachov se prolongó
más de lo previsto, o tal vez porque el avión
de Aeroflot, la línea aérea soviética,
se averió más de lo acostumbrado.
Es muy aleccionador pensar que aquellas pláticas
amables pero apasionadas entre dos personas inteligentes,
que podemos imaginar humedecidas por un buen vodka ruso, sin
que nadie lo supiera, y sin que los interlocutores lo sospecharan,
cambiaron el rumbo de la humanidad. Anécdota que nos
recuerda la fragilidad de esa futurología mecanicista
basada en el acopio de información económica
o en las predicciones de los expertos. Fue allí y entonces,
aparentemente, donde Gorbachov se convenció de que
el comunismo era reformable si se eliminaba ese doloroso componente
de violencia que impedía el libre examen de los problemas.
Fue allí y entonces donde dos comunistas patriotas
se persuadieron de que sabían exactamente qué
hacer para que el país más grande del mundo
se convirtiera, además, en el más rico, feliz
y desarrollado.
Era necesaria la reforma, la luego tan mentada
perestroika. Pero para que la reforma diera sus frutos, había
que quitarle las cadenas al juicio crítico: eso era
la glasnost, la transparencia sin consecuencias ni represalias,
la recuperación de la verdad como instrumento de análisis
y corrección de los males. Si a la planificación
colectivista y a la búsqueda de la justicia distributiva
inherentes al marxismo se agregaba la libertad, el comunismo
–concluyeron Yakovlev y Gorbachov– se convertiría
en un modelo imbatible para lograr la felicidad de los pueblos.
Andando el tiempo, de un modo casi mágico
las cartas fueron cayendo ordenadamente sobre la mesa: tras
la muerte de Breznev, lo sucedió en el cargo Yuri Andropov,
un reformista moderado y prudente, ex jefe del KGB y amigo
de Gorbachov, quien de la mano de su poderoso protector ascendió
unos peldaños dentro de la burocracia soviética.
Pero en 1984 murió Andropov y, en lo que parecía
ser un retroceso, fue elegido Konstantin Chernenko, un “duro”
de la época de Breznev –fue su jefe de gabinete–,
mas llegó al poder a los 74 años, ya enfermo
de muerte.
Apenas un año más tarde, en
efecto, Chernenko murió, y es muy probable que ese
hecho haya convencido a la nomenklatura soviética de
la necesidad de estabilizar la autoridad eligiendo a un líder
razonablemente joven y saludable capaz de dirigir al país
durante un largo periodo. Fue en ese punto en el que Mijail
Gorbachov entró en la historia por la puerta grande.
Sólo tenía 53 años y proyectaba una imagen
vigorosa. Con él traería de la mano a Yakovlev,
y lo colocaría al frente del aparato de propaganda
para defender el novomyshlenie o nuevo pensamiento.
Los hechos que siguieron son más o
menos conocidos. Gorbachov comenzó por continuar las
reformas emprendidas por Andropov, y entre ellas la de racionar
el alcohol o aumentarlo significativamente de precio, dado
que este vicio supuestamente debilitaba la capacidad productiva
del país –una campaña en la que ya había
fracasado el bueno de Nicolás II, último zar
de Rusia–, pero lo verdaderamente decisivo fue la tolerancia
con espacios de libertad crítica que fueron aumentando
de manera imparable en círculos cada vez más
amplios. Poco a poco, los comentarios negativos dejaron de
limitarse a los problemas concretos de la economía
y se empezó a cuestionar la esencia del sistema soviético
y los dogmas marxistas-leninistas. Todo ello llegaba acompañado
de una aguda crisis de producción y abastecimiento,
pero Gorbachov, lejos de amilanarse, extendió su voluntad
de reformas al campo de los satélites europeos. Finalmente,
en octubre de 1989 cayó el Muro de Berlín y
una tras otra casi todas las naciones de Europa central fueron
abandonando el comunismo y el campo soviético.
¿Por qué Gorbachov –les
pregunté a Yakovlev y a Kariakin, ambos conocedores
íntimos del personaje–, pese a su temperamento
enérgico, no intentó frenar la descomposición
de la URSS y del llamado campo socialista? La respuesta que
entonces me dieron me sigue pareciendo convincente: porque
en la psicología profunda de Gorbachov, o en eso a
lo que llamamos “carácter”, había
un elemento genuino de aborrecimiento de la violencia. Gorbachov
no ignoraba que se estaba desintegrando el mundo parido por
Lenin a partir de 1917, pero sabía que para mantenerlo
sujeto era indispensable sacar el Ejército Rojo a las
calles y matar varios millones de personas. Seguramente es
lo que hubieran hecho Stalin, Kruschov o Breznev, pero él
era demasiado compasivo para ordenar una carnicería
de esa magnitud.
Tras la descripción histórica
de los hechos, que consumió casi toda la entrevista,
le hice a Yakovlev una pregunta final: ¿en definitiva,
por qué fracasó el comunismo? Se quedó
pensando unos segundos y me dio una respuesta probablemente
correcta, pero que hay que abordar con cuidado y en extenso:
“porque –me dijo– no se adaptaba a la naturaleza
humana”. Las reflexiones que siguen van encaminadas
a explorar esa premisa, aunque se hace necesario cierto rodeo
previo.
II: El marxismo y sus fracasos
En realidad, hay un primer elemento de bulto, extraído
del método científico, que indica que, en efecto,
hay algo en el sistema comunista que invariablemente conduce
al fracaso. Cuando llevamos a cabo un experimento en un laboratorio,
y luego podemos repetirlo en las mismas condiciones y los
resultados son similares, de esta experiencia extraemos reglas
y conclusiones. Por la otra punta, cuando intentamos obtener
unos resultados previstos, y realizamos el mismo experimento,
pero variando las circunstancias, y en ningún caso
logramos esos resultados, la conclusión obvia debería
ser que la premisa científica estaba equivocada. Test,
por cierto que el propio Marx recomendaba vivamente, como
se puede leer en su conocido ensayo Tesis sobre Feuerbach,
firmado junto a Engels, en el que el pensador alemán
afirmaba: “el problema de si al pensamiento humano se
le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico,
sino un problema práctico. Es en la práctica
donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la
realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento.
El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento
que se aísla de la práctica es un problema puramente
escolástico.”
Apliquemos, pues, ese criterio de Marx a
la experiencia comunista. La premisa marxista establecía
que al eliminar la propiedad privada y planificar la producción
se produciría una mejoría intensa del modo de
vida físico y espiritual de las personas hasta alcanzar
una sociedad justa, equitativa, feliz, y en la que no estuviera
presente la violencia coactiva del Estado porque éste
habría desaparecido. Se llegaría a una sociedad
en la que ni siquiera serían necesarios los jueces
y las leyes porque la convivencia entre los seres humanos
estaría basada en una forma de espontáneo altruismo
capaz de armonizar fraternalmente las necesidades e intereses
de todas las personas. Esta premisa se sustentaba en los supuestamente
providenciales hallazgos de Karl Marx en el terreno histórico,
filosófico y económico que Engels sintetizó
hábilmente en la oración fúnebre que
le dedicara en 1883, en el momento de su muerte, y que cito
textualmente:
“Así como Darwin descubrió
la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx
descubrió la ley del desarrollo de la historia humana:
el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza idológica,
de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber,
tener un techo y vestirse antes de poder hacer política,
ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción
de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente,
la correspondiente fase económica de desarrollo de
un pueblo o una época es la base a partir de la cual
se han desarrollado las instituciones políticas, las
concepciones jurídicas, las ideas artísticas
e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo
a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés,
como hasta entonces se había venido haciendo. Pero
no es esto sólo. Marx descubrió también
la ley específica que mueve el actual modo de producción
capitalista y la sociedad burguesa creada por él. El
descubrimiento de la plusvalía iluminó de pronto
estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores,
tanto las de los economistas burgueses como las de los críticos
socialistas, habían vagado en las tinieblas”.
Engels pudo agregar que Marx también
trató de explicar la crisis final del capitalismo como
resultado de una superproducción creciente, producto
de la falta de planificación, dado que cada codicioso
empresario ocultaba sus planes particulares a la competencia,
acumulando stocks invendibles que generarían grandes
masas de desempleados o de asalariados remunerados con sueldos
decrecientes, provocando con ello una catástrofe económica
que sumiría a los trabajadores en una espiral de progresiva
miseria que no podía tener otro fin ni otro destino
que la revolución mundial para terminar con ese criminal
modo de explotación. Llegado ese punto, los obreros
y campesinos –pero especialmente los obreros, que eran
los sujetos históricos que habrían adquirido
“conciencia de clase”? destruirían los
Estados burgueses y los sustituirían por “dictaduras
del proletariado” provisionales hasta alcanzar el fabuloso
mundo prometido por los marxistas.
Provistos de estas fantásticas ideas,
que a ellos les parecían “científicas”,
aunque sólo eran hipótesis dudosas que casi
inmediatamente comenzaron a ser desmontadas por otros pensadores
–como Eugen von Böhm-Bawerk, quien ya en 1896 pulverizó
la teoría del valor de Marx y sus postulados sobre
la plusvalía–, en diversas partes del planeta
numerosos reformadores sociales, llenos de buenas intenciones,
sin esperar a la crisis final del capitalismo, encontraron
una justificación para recurrir a la violencia, dada
la santidad de los fines que se perseguían. Así
las cosas, desde finales del siglo XIX y a lo largo del XX,
surgieron figuras como Lenin, Trotski, Stalin, Kruschev, Tito,
Enver Hoxha, Todor Zhivkov, Fidel Castro, Che Guevara, Georgi
Dimitrov, Nicolás Ceaucesu, Mao, Tito, Walter Ulbricht,
Kim Il Sung, Pol Pot y otras varias docenas de líderes
que compartían un prominente rasgo biográfico:
todos ellos se entregaron abnegadamente a una causa política
por la que padecieron persecuciones y sufrimientos, y por
la que arriesgaron la vida en numerosas oportunidades. Sin
embargo, ese no era el único elemento que los unificaba:
todos ellos, cuando ejercieron el poder dentro del sistema
comunista, lo hicieron cruelmente, asesinando y encarcelando
a millones de personas, acusándolas de traición,
de rebelión o de simple desobediencia, cuando en la
infinita mayoría de los casos se trataba de personas
simplemente desafectas que sostenían puntos de vista
diferentes o eran ex camaradas desengañados con las
ideas marxistas.
La represión brutal, pues, no parecía
una aberración del sistema sino la consecuencia natural
de tratar de implantar un tipo de sociedad extraña
a los valores y expectativas de las personas. Los revolucionarios
rusos llegaron al poder en 1917, y un año más
tarde Lenin ya daba la orden de crear “colonias penales”
y de utilizar una feroz represión contra mencheviques,
kadetes, o cualquier fuerza acusada de simpatizar con los
reformistas de Kerenski, tarea en la que Trotski colaboró
con criminal energía, como recuerdan los historiadores
que se han ocupado de la matanza de los marinos de Kronstand.
Pero las instrucciones de Lenin iban más allá
todavía: era importante castigar indiscriminadamente,
incluso a inocentes, para que nadie se sintiera seguro y todos
obedecieran. Era el principio del Gulag que luego Stalin continuaría
con entusiasmo vesánico hasta dejar varios millones
de muertos en las cunetas y calabozos, baño de sangre
al que añadiría los juicios públicos
a comunistas acusados de colaborar con el enemigo, farsas
que solían culminar con la autoconfesión de
crímenes nunca cometidos, gritos de militancia revolucionaria
y la posterior descarga de los fusiles y el tiro en la nuca.
Naturalmente, no hay nada desconocido en
esta rápida descripción del terror comunista
en las primeras tres décadas de su implantación
en la URSS, pero a donde quiero llegar es a la siguiente observación:
exactamente eso, o algo muy parecido, ocurrió luego
en Bulgaria y en Rumanía, en Checoslovaquia y en Hungría,
en China y en Corea del Norte, en Cuba y en Etiopía.
Donde quiera que se implantaba el totalitarismo comunista
aparecían el paredón de fusilamientos, las innumerables
cárceles, las torturas, los juicios públicos,
los siempre vigilantes cuerpos de delatores, la paranoica
policía política, permanentemente dedicada a
la búsqueda de traidores contactos con el exterior,
los pogromos, los atropellos sin límite, las persecuciones
a las minorías ideológicas, sexuales y, a veces,
étnicas, y el control total de la vida de las personas,
que ya ni siquiera podían emigrar, porque el deseo
de marcharse resultaba ser una prueba clara de deslealtad
a la patria.
Daba exactamente igual que el proceso lo
dirigiera un abogado cubano como Fidel Castro, educado por
los jesuitas, un ex seminarista cristiano como Stalin, un
maestro como Mao, un militar como Tito o un afrancesado y
tímido burgués como Pol Pot. No era una cuestión
de personas sino de ideas y de métodos: todos no podían
ser psicópatas malignos. No había diferencia
en que se tratara de regímenes impuestos por el ejército
soviético, como ocurrió en varios países
de Europa central, o que fueran el resultado de revoluciones,
guerras civiles o golpes autóctonos, como en Albania,
Cuba, China o Etiopía: el resultado ?admitidas algunas
diferencias de grado más que de fondo? acababa por
ser muy parecido, como si la implantación del comunismo
inevitablemente trajera aparejada una sanguinaria manera de
maltratar a los seres humanos.
¿Por qué esa cruel fatalidad?
¿Cómo personas bien intencionadas, altruistas,
que creen dedicar sus vidas a la redención de sus conciudadanos,
incurren en esas monstruosidades? Seguramente, porque sacrificaban
cualquier juicio moral con relación a los medios que
utilizaban con tal de alcanzar los fines que se habían
propuesto. Eso se ve con toda claridad en un párrafo
clave del Mensaje a los pueblos del mundo a través
de la Tricontinental –un cónclave planetario
de guerrilleros, terroristas y radicales comunistas de medio
mundo congregado en La Habana en 1966– enviado por el
Che Guevara, quien entonces preparaba su aventura boliviana,
en el que el médico argentino reivindicaba “el
odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo,
que impulsa más allá de las limitaciones naturales
del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta y
selectiva máquina de matar”. Odiar y matar a
los enemigos era exactamente lo que debía hacer el
revolucionario en nombre del amor a la humanidad, y por ello
no debía sentir la menor vacilación o pena.
Esta fanática certeza en las creencias
comunistas que ha convertido a Stalin, al Che, a Pol Pot y
a tantos revolucionarios en criminales políticos, tiene,
además, dos consecuencias nefastas. Por una parte,
los lleva a crear un lenguaje compatible con el odio, inevitablemente
precursor de la agresión. Los adversarios ideológicos
son siempre “gusanos”, “apátridas”,
“vendepatrias”, “lamebotas del imperialismo”,
es decir, una gentuza infrahumana que se puede suprimir sin
contemplaciones con un balazo en la cabeza o se puede internar
para siempre entre rejas, como se hace en los zoológicos
con los animales peligrosos. La segunda consecuencia de esta
actitud dogmática es el autismo moral. En general,
quienes permanecen fieles a las creencias comunistas se cierran
totalmente a otros estímulos intelectuales críticos
o a proposiciones más razonables, enterrando la cabeza
en la arena, como afirman que hacen los avestruces cuando
se sienten en peligro.
¿Cómo seguir creyendo en el
análisis económico marxista tras la refutación
impecable de Bohm-Bawerk y otros miembros destacados de la
Escuela austriaca? ¿Cómo insistir en las bondades
de la planificación centralizada cuando Ludwig von
Mises, ya en 1922, en su obra Socialismo demostró la
imposibilidad del cálculo económico en sociedades
complejas, el valor de los precios como un sistema de señales
y el mercado como la manera menos ineficiente de asignar recursos,
prediciendo, de paso, el inevitable fracaso del entonces incipiente
experimento soviético? ¿Cómo sostener
el materialismo dialéctico y la superstición
de que la historia se comporta de acuerdo con las leyes supuestamente
descubiertas por Marx tras ponderar las reflexiones de Karl
Popper sobre el historicismo? ¿Cómo insistir
en la culpabilización de Occidente si se ha leído
con detenimiento El opio de los intelectuales de Raymond Aron
o los seminales ensayos de Isaiah Berlin? ¿Cómo
no coincidir con Hayek cuando advierte que el camino socialista
conduce a la servidumbre, con Hanna Arendt cuando explica
los tortuosos mecanismos que destruyen el equilibrio emocional
en los regímenes totalitarios y generan ese odioso
sentimiento de indefensión con que ese tipo de omnipresente
dictadura castra y marca a los ciudadanos?
Los marxistas, prisioneros de una injustificada
arrogancia intelectual, para poder insistir cómodamente
en sus errores descalificaban las observaciones de sus adversarios
sin necesidad de conocerlas, o recurrían a una obscena
aspereza en el lenguaje, siempre encaminada a tratar de destruir
a los autores, no a sus ideas, y muy especialmente cuando
se referían a personas de izquierda o ex comunistas
que habían escapado de la secta y contaban sus valiosas
experiencias como Arthur Koestler, Andre Malraux, Albert Camus,
George Orwell, John Dos Passos, Octavio Paz, Joaquín
Maurín, Eudocio Ravines, Mario Vargas Llosa, Plinio
Apuleyo Mendoza, Jorge Semprún y otras varias docenas
o quizás centenares de valiosos intelectuales y pensadores
desencantados con la praxis marxista-leninista, invariablemente
calificados de agentes de la CIA, de asalariados de Wall Street
o, más genéricamente, de “lacayos al servicio
del imperialismo”.
Otras circunstancias, los mismos
resultados
¿Sería acaso un problema cultural? ¿Habría
tal vez culturas más proclives a ejercer la violencia
o a aceptar la tiranía y otras en las que el comunismo
podía arraigar de manera más suave y natural?
No parece. El comunismo se intentó en el enorme imperio
ruso en el que coincidían cien pueblos distintos; en
la Alemania del Este, corazón de Europa, desarrollada
y culta; en Checoslovaquia y Hungría, dos fragmentos
gloriosos del viejo Imperio Austro-Húngaro; en el mosaico
Yugoslavo; en la Albania culturalmente desovada por Turquía;
en China, en Vietnam, en Camboya, en Corea del Norte; en Cuba
y Nicaragua; en el Africa negra de Angola y Etiopía.
Y en todos fue un desastre. Se intentó en pueblos de
raíz greco-cristiana, como Rusia, Bulgaria y Rumanía;
en pueblos católicos, como Hungría, Cuba o Nicaragua;
en pueblos cristiano-protestantes, como Alemania o Checoslovaquia;
en pueblos islamizados como Albania, ciertas porciones de
Yugoslavia y algunas repúblicas del Turquestán
soviético; en otros de tradición confusiana,
budista y taoísta, como China, Camboya, Vietnam y Corea
del Norte. Y en todos fracasó. Lo ensayaron sociedades
de origen eslavo, germánico, chino, subsahariano, latino,
hispanoamericano, escandinavo y turcomano, y todas concluyeron
en el desastre, el abuso, la pobreza y la mediocridad. Un
fracaso del que sólo conseguían salvarse abandonando
el sistema, o del que todavía hoy intentan huir mixtificándolo
con medidas carácterísticas de las sociedades
occidentales tomadas de la economía de mercado.
Pero, ¿cómo y por qué
podemos afirmar que se trata de experimentos fracasados? ¿No
habla la propaganda comunista de sociedades dotadas de extendidos
sistemas de salud y educación, en las que no existe
el desempleo y todas las personas disfrutan de unos bienes
mínimos, suficientes para sostener una vida feliz?
Naturalmente, éxito y fracaso son siempre juicios relativos,
pero, como en los laboratorios, contamos con experimentos
de control y contraste que nos permiten calificar de total
desastre la experiencia comunista: tras la segunda guerra
mundial varios países y sociedades homogéneas
se dividieron en los dos sistemas antagónicos que durante
medio siglo disputaron la Guerra Fría. Hubo dos Alemanias,
dos Coreas, y dos o varias Chinas: la continental, Taiwan,
Hong Kong, e incluso Singapur. Hubo una Austria neutral en
la que se instauró la democracia y se insistió
en la economía de mercado, mientras Hungría
y Checoslovaquia –los otros dos grandes fragmentos del
viejo Imperio Austro-Húngaro– quedaban tras el
telón de acero.
La comparación de los resultados no
ha podido ser más humillante para el sistema comunista.
Alemania Occidental, Austria, Corea del Sur, las Chinas capitalistas,
se desarrollaron mucho más eficaz y humanamente, desplazándose
hacia formas de convivencia cada vez más democrática
y respetuosa de los derechos civiles, como sucediera en Taiwán
y en Corea del Sur, convirtiéndose en un poderoso polo
de atracción para quienes tuvieron la desgracia de
quedar al otro lado de los barrotes. Las sociedades capitalistas
no eran perfectas, por supuesto, y no estaban exentas de graves
problemas, pero el flujo migratorio indicaba la clara preferencia
de los pueblos. Nadie saltaba el muro en dirección
del Este. Los chinos que lograban huír pedían
asilo en Taiwan o en Hong Kong, nunca en el paraíso
de Mao. La mayor parte de los prisioneros norcoreanos cautivos
en Corea del Sur, terminada la guerra en 1953, imploraron
no ser devueltos al país del que provenían.
Cuba, tras ser un importante refugio de inmigrantes a lo largo
del siglo XX, a partir de la revolución se convirtió
en un pertinaz exportador de balseros y emigrantes. Los estados
comunistas, como observara la profesora y diplomática
norteamericana Jeanne Kirkpatrick, eran las primeras entidades
políticas de la historia que construían murallas
no para evitar las invasiones, sino para impedir las evasiones
de sus desesperados súbditos, y no hay un juicio más
certero para medir la calidad de una sociedad que la dirección
en que se desplazan los migrantes.
¿Sería, acaso, un problema
de recursos materiales? Tampoco: resultaba evidente que el
comunismo fracasaba en todas las circunstancias materiales
posibles, aún cuando tuvieran enormes posibilidades
de triunfar. La URSS contaba con inmensos recursos naturales,
mayores que los de cualquier otro país. Ucrania había
sido el granero de Europa hasta la Primera Guerra mundial.
Bulgaria y Rumanía tenían una buena experiencia
en el terreno agrícola. Alemania del Este, Checoslovaquia
y Hungría poseían una antigua tradición
industrial y científica, y podían exhibir un
copioso capital humano formado en notables universidades.
Todos esos países crearon un mercado común articulado
en torno al COMECON –la respuesta soviética al
Plan Marshall y a la Comunidad Económica Europea–
y coordinaban sus esfuerzos económicos, financieros
e investigativos. No obstante, todos esos factores positivos
no eran suficientes para generar riqueza, tecnología
o avances científicos en la cuantía en que Occidente
lo lograba, y, visto ya con cierta perspectiva, resulta casi
inexplicable que, con ese inmenso potencial a su servicio,
el bloque comunista no haya sido capaz de originar siquiera
una sola de las grandes revoluciones tecnológicas del
siglo XX: la televisión, la energía nuclear,
los antibióticos, la biotecnología, los vuelos
supersónicos, los transistores o la computación.
Sólo en un aspecto, el de carrera espacial, los soviéticos
tomaron la delantera por un corto periodo tras el sputnik
lanzado en 1957, pero ese episodio más bien parecía
un subproducto de la cohetería militar, una industria
favorecida por el Kremlin, donde también habría
que inscribir la impresionante actividad espacial posteriormente
desplegada por Moscú. No obstante, todavía existía
una coartada final para no admitir que el marxismo partía
de una serie de errores intelectuales originales que conducían
al fracaso a todos los líderes, en todas las culturas
y hasta en las más prometedoras circunstancias materiales:
y ese pretexto era la idea de que existía un “socialismo
real” que fracasaba por errores humanos en su torpe
implementación y no por el carácter equivocado
de los planteamientos originales. Se negaban a aceptar, entre
otras evidencias, la melancólica observación
de Yakovlev: el comunismo, sencillamente, no se adapta a la
naturaleza humana. Exploremos ahora las razones de esta esencial
incompatibilidad.
III: La naturaleza humana
Durante buena parte de los siglos XIX y XX, psicólogos,
sociólogos, filósofos y biólogos discutieron
apasionadamente sobre la esencia de la naturaleza humana.
El núcleo del debate era muy escueto: unos opinaban
que, fundamentalmente, el hombre era el resultado de la influencia
externa, mientras los otros se decantaban por explicarlo como
consecuencia de factores genéticos. Por un tiempo,
un sector tal vez mayoritario del mundo académico,
seguramente horrorizado por la experiencia del nazismo, negó
con vehemencia que los seres humanos tuvieran instintos o
tendencias innatas, y hasta se consideró “reaccionario”
y “racista” suponer que la herencia y la biología
jugaban un papel preponderante en la conducta de las personas.
No obstante, en la segunda mitad del siglo
XX, con la concesión del Premio Nobel en 1973 al etólogo
austro-alemán Konrad Lorenz por las investigaciones
y reflexiones volcadas en su libro On Agression, en medio
de un agrio debate académico que dura hasta nuestros
días, se fortaleció una especie de neodarwinismo
que tuvo otro hito fundamental en los postulados de los sociobiólogos,
capitaneados por Edward O. Wilson desde la publicación
de sus libros Sociobiology (1975) y On Human Nature (1978).
A partir de ese momento, fue creciendo exponencialmente el
número y la importancia de quienes pensaban que los
seres humanos, como todas las criaturas, estaban sujetos a
las fuerzas de la evolución, lo que permitía
explicar la conducta, los sentimientos y las actitudes como
formas de adaptación a esa misteriosa urgencia de perpetuación
de las especies que gobierna a todos los seres vivos. A esa
visión neodarwiniana, en general contrapuesta a la
postura de los científicos sociales más cercanos
al marxismo, también se le llamó “funcionalismo”:
la existencia de instituciones como el matrimonio y la familia,
de creencias religiosas o de comportamientos agresivos frente
a los extraños podían explicarse como estrategias
innatas de supervivencia de nuestra especie, involuntariamente
aprendidas y aprehendidas durante cientos de miles de años
de constante evolución.
Si aceptamos esta premisa teórica,
y si convenimos en que la clave del éxito en cualquier
sociedad es el capital humano de que se dispone, sus virtudes
cívicas, la disposición que muestre para el
trabajo y la coherencia y adecuación entre el sistema
de convivencia y los rasgos psicológicos de quienes
deben habitarlo, ¿qué elementos de los planteamientos
marxistas y del modelo de organización comunista del
Estado contradecían la naturaleza humana y afectaban
negativamente a la sociedad y, por ende, al proceso de creación
de riquezas? A mi juicio, varios, todos ellos vinculados a
la psicología profunda de la especie, y, para facilitar
su comprensión, creo que vale la pena consignar diez
de los más importantes, aunque lo haga de manera esquemática:
1. El colectivismo
y la represión al ego
El más evidente de esos elementos contrarios a la
naturaleza humana era la imposición violenta de diversas
expresiones del colectivismo que negaban o reprimían
la pulsión egoísta radicada en la psiquis
de las personas sanas. El totalitarismo convertía
el reclamo de prestigio y distinción personal ?uno
de los grandes motores de la acción humana? en una
suerte de conducta antisocial castigada por las leyes y
estigmatizada por la moral oficial, olvidando que las personas
necesitan fortalecer su autoestima mediante el reconocimiento
social basado en la singularidad de sus logros. Naturalmente,
esa represión al egoísmo y a la búsqueda
de reconocimientos iba acompañada por grotescas formas
sustitutas del éxito, como las distinciones oficiales
a los “héroes del trabajo” dentro de
la tradición stajanovista, pero la artificialidad
de este sistema de premios, generalmente entregados en ceremonias
ridículas, inevitablemente vinculados a la docilidad
bovina de los elegidos, acababa por perder cualquier tipo
de prestigio social, vaciándolo totalmente de contenido
emocional.
2. El altruismo
universal abstracto contra el altruismo selectivo espontáneo
El colectivismo exhibía, además, otra faceta
inmensamente negativa: decretaba la obligatoriedad de una
especie de altruismo universal abstracto ?los obreros, la
humanidad, el campo socialista?, mientras combatía
el altruismo selectivo espontáneo, dirigido al círculo
de las relaciones más íntimas, que es, realmente,
el que moviliza los esfuerzos de los seres humanos: al desaparecer
la propiedad privada ya no era posible dotar a los hijos
de elementos materiales que garantizaran su bienestar. Ese
fuerte instinto de protección que lleva a padres
y madres ?especialmente a las madres? a sacrificarse por
sus descendientes y a posponer las gratificaciones personales
en aras de sus seres queridos, quedaba prácticamente
anulado por la imposibilidad material de transmitirles bienes.
Era, pues, un sistema que inhibía y penalizaba dos
de las actitudes y comportamientos que más influyen
en la voluntad de trabajar y en la consecuente creación
de riquezas: la búsqueda del triunfo personal y la
protección y el mejoramiento de la familia. ¿Cómo
asombrarse, pues, de los raquíticos resultados materiales
del totalitarismo comunista cuando el sistema, generalmente
impuesto por la violencia, suprimía las motivaciones
más enérgicas que tienen las personas para
trabajar con ahínco?
3. La desaparición
de los estímulos materiales como recompensa a los
esfuerzos
Pero ni siquiera ahí terminaban los refuerzos negativos
que debilitaban la voluntad de trabajar en las personas
comunes y corrientes: el marxismo proponía como meta
la lejana obtención de un paraíso siempre
situado en la inalcanzable línea del horizonte. El
sistema exigía el sacrificio constante en beneficio
de generaciones futuras, privando a los trabajadores de
una recompensa efectiva e inmediata conseguida como resultado
de sus desvelos, ignorando que, si algo se sabe con toda
certeza en el terreno de las motivaciones, es que existe
una relación directa entre el nivel de esfuerzo y
la inmediatez de la recompensa obtenida: mientras mayor
sea y más próxima se encuentre la recompensa,
más intenso será el esfuerzo por obtenerla.
¿Cuánto tiempo y cuántas generaciones
de trabajadores podían realmente defender con entusiasmo
un sistema que les negaba o aplazaba sine die una legítima
compensación por sus desvelos?
4. La falsa
solidaridad colectiva y el debilitamiento del “bien
común”
Como consecuencia del colectivismo y de la desaparición
de estímulos materiales asociados al esfuerzo personal,
en todos los Estados comunistas se producía, además,
un paradójico fenómeno que Marx no supo prever:
la solidaridad colectiva, lejos de fortalecerse con el comunismo,
fue desvaneciéndose hasta hacerse imperceptible.
Nadie cuidaba los bienes públicos. La verdad oficial
era que todo era de todos. La verdad real era que nada era
de nadie, y, en consecuencia, a nadie le importaba robarle
al Estado, dilapidar las instalaciones colectivas, o abusar
sin contemplaciones de los servicios ofrecidos, actitud
que generaba una letal combinación entre el despilfarro
y la escasez propia del sistema.
En los Estados comunistas la obsolescencia
de los equipos era asombrosa: los tractores, vehículos
de transporte o cualquier maquinaria que se entregaba a
los trabajadores tenían una vida útil asombrosamente
breve, acortada aún más por la permanente
falta de piezas de repuesto, típica de las economías
centralmente planificadas. Nadie cuidaba nada porque las
personas no conseguían asumir mentalmente la idea
del “bien común”. Lo que era del Estado
?un ente opresor remoto e incómodo? no les pertenecía
a ellas y no había razón para protegerlo.
Esto se veía con claridad en el entorno urbano característico
de las ciudades regidas por el socialismo, siempre sucio,
despintado, mal iluminado, con edificios en ruinas. A un
país como Alemania del Este, la más próspera
de las naciones comunistas, las cuatro décadas que
duró el comunismo no le alcanzaron siquiera para
recoger todos los escombros de la Segunda Guerra mundial.
En La Habana, destruida por la incuria sin límite
del castrismo, mientras los automóviles oficiales
al servicio de la nomenklatura apenas duraban dos o tres
años, los viejos coches de los años cuarenta
y cincuenta, todavía en manos de particulares, se
mantenían circulando heroicamente. La diferencia
entre el destino de unos y otros era una forma silenciosa,
pero efectiva, de demostrar la ineficiencia sin paliativos
del socialismo y el inmenso costo material que esa característica
le imponía a la sociedad.
5. La ruptura
de los lazos familiares
Por otra parte, el colectivismo y la imposibilidad de colaborar
con el bienestar de la familia no parecían ser un
producto fortuito de la desaparición de la propiedad
privada, sino una consecuencia conscientemente buscada por
la dictadura totalitaria en su afán por romper los
lazos familiares con el objetivo de forjar hombres y mujeres
que no estuvieran sujetos a la moral tradicional. De ahí
las comunas chinas, las escuelas en el campo cubanas o el
rechazo brutal camboyano a la vida urbana durante la tiranía
de Pol Pot: se trataba de romper bruscamente los vínculos
de sangre para crear una hermandad fundada en la ideología,
donde la fuente única para la transmisión
de los valores fuera el omnisapiente Partido. Por eso en
todos los gobiernos comunistas se cantaban las glorias de
los niños que vencían los prejuicios de la
lealtad burguesa y eran capaces de delatar a la policía
política a sus padres o hermanos cuando estos violaban
las normas de la doctrina.
Ni siquiera se podía amar a quien
no exhibiera las señas de identidad comunistas o,
más genéricamente, “revolucionarias”.
En Cuba, por ejemplo, desde los años sesenta el castrismo
decretó el fin de cualquier contacto con familiares
“desafectos” o exiliados, y centenares de miles
de familias interrumpieron sus vínculos tajantemente.
Hijos, padres y hermanos, divididos por la militancia política
por órdenes implacables del Estado, dejaron de hablarse
o escribirse. En los expedientes policíacos, en las
planillas de admisión a los centros de estudio y
en las empresas se inscribía el dato peligroso: “el
acusado mantiene relaciones con familiares que viven en
el exterior”. Otras veces la advertencia giraba en
torno al círculo de amigos: “el acusado mantiene
relaciones con contrarrevolucionarios conocidos”.
Mas esa brutal manipulación de las zonas afectivas
de las personas tenía un alto costo emocional: las
personas, obligadas por el miedo, obedecían al Estado,
y renunciaban a los lazos familiares o amistosos comprometedores,
pero secretamente se distanciaban aún más
del Estado que las obligaba a esa abyecta mutilación
de sus querencias.
6. Las instituciones
estabularias
Consecuentemente, el totalitarismo negaba y reprimía
cualquier forma de organización que no estuviera
sujeta al control y escrutinio de la cúpula gobernante.
La sociedad no podía espontáneamente generar
instituciones para defender ideales o intereses legítimos.
La participación estaba limitada a los pocos cauces
creados por la cúpula: el Partido, las organizaciones
de masas, los parlamentos unánimes, los sindicatos
amaestrados, y en ninguna de esas instituciones oficiales
las personas se veían realmente representadas. De
forma contraria a la tradición histórica,
el comunismo era un sistema conscientemente dedicado a desatar
lazos y a disgregar las estructuras espontáneas y
naturales de vinculación generadas por la sociedad,
sustituyéndolas por correas de transmisión
de una autoridad arbitraria y represiva, disfrazadas de
cauces artificiales de participación, aun cuando
eran, en realidad, verdaderos establos en los que “encerraban”
a los ciudadanos para lograr su obediencia. ¿Resultado
de esa cruel estabulación de las personas? Un creciente
sentimiento de enajenación en el conjunto de la población,
incapaz de sentirse representada y mucho menos defendida
por un sector público percibido como extraño
y ajeno.
7. Del ciudadano
indefenso a ciudadano parásito
Sin embargo, el pecado comunista de someter a la obediencia
a los ciudadanos mediante la coacción, y de cortarles
las alas para que no pudieran pensar, organizarse, ni crear
riquezas por cuenta propia, traía implícita
su propia penitencia: convertía a las personas en
unos improductivos parásitos que esperaban del Estado
los bienes y servicios que éste no podía proporcionarles,
precisamente por las limitaciones que le había impuesto
a la sociedad. Ese ciudadano indefenso se convertía
entonces en un consumidor permanentemente insatisfecho,
constantemente obligado a violar las injustas reglas a que
era sometido mediante el robo y el mercado negro, debilitando
con ello las normas éticas que deben presidir cualquier
organización social justa y razonable.
8. El miedo
como elemento de coacción y la mentira como su consecuencia
En todo caso, ¿cómo lograban los comunistas
ese grado de control social? Lo conseguían por medio
de una desagradable sensación física omnipresente
en las sociedades dominadas por el totalitarismo: mediante
el miedo. Miedo a la represión. Miedo a los castigos
físicos y morales. Miedo a ser expulsado de la universidad
o del centro de trabajo. Miedo a ser despojado de la vivienda.
Miedo a la cárcel. Miedo a los aterrorizantes pogromos.
Miedo a las golpizas. Miedo a los paredones de fusilamiento.
Sólo que el miedo, como todo refuerzo negativo ?afirmación
en la que no se equivocan los psicólogos conductistas?,
es un estímulo precario que genera reacciones contraproducentes.
Entre ellas, tal vez las más graves
son el fingimiento, la simulación y la ocultación.
Mentir es la especialidad de las sociedades regidas por
el comunismo. Miente el Partido cuando defiende planteamientos
que sabe falsos o inalcanzables. Mienten los funcionarios
cuando informan sobre los resultados de la gestión
a ellos encomendada, generalmente mal ejecutada por falta
de medios. Mienten los jerarcas cuando presentan resultados
deliberadamente distorsionados. Mienten los militantes o
los indiferentes cuando deben opinar sobre los logros supuestamente
obtenidos, pero, lo que es aún más grave,
todos, tirios y troyanos, enseñan a sus hijos a mentir
porque en el sistema comunista, al revés de lo que
asegura la Biblia, la verdad no nos hace libres, sino nos
lleva directamente a la cárcel. Sólo que esa
atmósfera de falsedades ?que en Cuba llaman de “doble
moral”, o de “moral de la yagruma”, una
hoja que tiene dos caras de distintos colores?, se transforma
en una fuente del cinismo más descarnado y destructor,
terrible medio para la creación de riquezas, como
revela una frase que se oía en todas las sociedades
regidas por el comunismo: “ellos (el Estado) simulan
pagarnos; nosotros, a cambio, simulamos trabajar”.
9. La desaparición
de la tensión competitiva
De forma tal vez previsible, un modelo de organización
como el comunismo, que introduce en la sociedad unas artificiales
tensiones psicológicas basadas en el miedo y en la
permanente incoherencia entre lo que se cree, lo que se
dice y lo que se hace, simultáneamente destruye una
tensión natural que contribuye a la mejora de la
especie: la urgencia por competir.
En efecto, los seres humanos tienden a
competir en prácticamente todos los ámbitos
de la convivencia. Desde el simple intercambio de criterios
entre varias personas, muy estudiado por la dinámica
de grupos, en donde inconscientemente todos procuran establecer
y colocarse dentro de una cierta jerarquía, hasta
las competiciones deportivas, en las que resulta obvia la
búsqueda del triunfo, las mujeres y los hombres luchan
por destacarse y escalar posiciones de avanzada.
Desgraciadamente, dentro del sistema comunista,
donde las únicas instituciones que existen son las
diseñadas artificialmente por el Partido, y donde
las iniciativas que se permiten son sólo las que
emanan de la cúpula dirigente, los individuos creativos
son casi siempre marginados y no encuentran campo para desarrollar
sus sueños y proyectos. Los “héroes”
y “capitanes de industria”, como les llamaba
Thomas Carlyle, impelidos por la naturaleza para llevar
a cabo impetuosas hazañas sociales, están
prohibidos, son perseguidos o se les extirpa cruelmente
de la vida pública si consiguen hacerse peligrosamente
visibles. Es muy probable que en países como la URSS
o Checoslovaquia, donde había un alto nivel educativo,
existieran personas como William Schockley, uno de los creadores
del transistor, o jóvenes inquietos como Steven Jobs,
padre del computador personal Apple, pero ¿cómo
las buenas ideas se transforman en acciones concretas en
sistemas sociales cerrados, guiados por dogmas infalibles
y administrados por burocracias políticas, ciegas
y sordas ante cualquier iniciativa novedosa?
El éxito aplastante de sociedades
como la norteamericana, comparadas con las comunistas, se
debe, en gran medida, a las inmensas posibilidades de actuación
que tienen los individuos creativos donde existen libertades
individuales e instituciones que favorecen el talento excepcional.
Es muy notable que un genio como Thomas Alva Edison haya
patentado más de mil inventos, y entre ellos la bombilla
de luz eléctrica, o que un estudiante llamado Bill
Gates haya creado un software ingenioso para ser utilizado
como sistema operativo en las computadoras, pero tan admirable
como la obra de estas personas, es que vivían en
sociedades que potenciaban el paso vertiginoso de la idea
al artefacto y del artefacto a la empresa. Edison no sólo
inventó la bombilla: además creó la
empresa para distribuir la electricidad y cobrar por el
servicio. Gates no sólo perfeccionó el lenguaje
Basic y le dio un destino concreto como pieza clave de las
computadoras personales, sino en un humilde garaje y ayudado
por cuatro amigos creó una empresa, Microsoft, que
en veinte años estaría entre las mayores del
planeta. De ambos haber nacido en el mundo comunista, lo
probable es que la creatividad y la energía que los
impulsaba a trabajar, competir y triunfar se hubieran disuelto
lentamente bajo el peso letal de un sistema concebido para
destruir casi cualquier iniciativa espontáneamente
surgida en su seno.
10. La necesidad
de libertad
A esta represión del espíritu de competencia
hay que agregar la fatal supresión de las libertades
implícita en toda forma de organización social
montada sobre la existencia de dogmas inapelables, como
sucede con la escolástica marxista. ¿Por qué
recurrir a la expresión “escolástica
marxista”? Porque en el marxismo, como en el método
escolástico medieval, las verdades ya son conocidas
y aparecen consignadas en los libros sagrados de la secta
escritos por las autoridades. En el marxismo lo único
que les es dable a las personas, especialmente si ocupan
puestos destacados, es confirmar la sagacidad de las autoridades
con ridículos ditirambos como “Gran timonel”,
“Máximo líder”, “Querido
líder”, “Padre de la patria”, muestras
todas de las formas más degradadas de culto a la
personalidad.
Pero sucede que la libertad para informarse,
examinar la realidad y proponer cursos de acción
no es un lujo espiritual prescindible, sino una de las causas
de la prosperidad en las sociedades modernas. Si hay una
definición bastante exacta del hombre es la de “ser
que se informa constantemente”. No es una casualidad
que el saludo más extendido en la especie humana
es “¿qué hay de nuevo?”. ¿Por
qué? Porque el rasgo característico de la
especie es la permanente transformación del medio
en el que vive, y eso significa un cambio constante en los
peligros que acechan y en las oportunidades que surgen.
Tenían razón, pues, Yakovlev
y Gorbachov cuando pensaban que la libertad para intercambiar
información sin miedo ?la glasnost? era el camino
para aliviar los enormes problemas de la URSS, pero se equivocaron
al creer que el sistema comunista era reformable. No lo
era, como finalmente me admitió Yakovlev, porque
contrariaba la naturaleza humana. Eso lo condenaba al fracaso.
IV: Epílogo
Sólo que la evidencia no es suficiente para convencer
a cierta gente de la inviabilidad del comunismo. Un profesor
y amigo me contaba que había acudido a un país
latinoamericano para dictar una conferencia sobre el fin del
marxismo, pero a las puertas de la universidad lo esperaba
una elocuente pancarta: “Marx ha muerto: ¡viva
Trotski!”. Y así es: decenas de fracasos en otros
tantos países y en diversas circunstancias, contemplados
a lo largo de muchas décadas, no han bastado para convencer
a algunas personas indiferentes a la realidad. ¿Por
qué? Tal vez porque el marxismo, aunque falso, aporta
un diagnóstico sencillo, elemental y comprensible de
los males sociales, al alcance de cualquier persona, por limitada
que sea su educación o por escasa que resulte su capacidad
de análisis; tal vez, porque la disparatada terapia
que propone posee esas mismas características. También,
porque las utopías, causantes de las mayores catástrofes
de la historia, son siempre seductoras para un porcentaje
de la sociedad que prefiere delirar a observar y reflexionar.
Sin embargo, el hecho de que algunas personas insistan en
un error no es una forma indirecta de validarlo. Es, simplemente,
una muestra de terquedad irracional, de la que hay otros miles
de ejemplos en la historia. En todo caso, no olvido una triste
observación que me hizo Yuri Kariakin, marxista en
sus años mozos y demócrata en su vejez, mientras
esperábamos a Yakovlev: “¡Qué raro
y desproporcionado es el marxismo! Durante nuestra juventud
?me dijo?, en pocos días nos llenamos la cabeza de
porquerías e insensateces ideológicas, pero
luego nos toma muchos años sacarlas del cerebro”.
Hay gente que no lo consigue nunca.
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