| LA SEGURIDAD SOCIAL
Por: Alvaro Vargas
Llosa *
Ahora que la Administración Bush
se propone privatizar parcialmente su Seguridad Social, debería
atender la gran lección de la reforma previsional en
América Latina. Se resume así: mientras más
se difunda la propiedad y mayores sean las opciones individuales,
mucho mejor.
Es un error plantear la reforma como una
manera de “salvar la Seguridad Social”, pues no
se trata de un problema sólo financiero. Si se pretende
que mucha gente opte por el sistema privado, que la cuentas
de capitalización individual tenga altas tasas de retorno
y que el ahorro se dispare, es indispensable entender la reforma
como una transferencia de poder al ciudadano.
A pesar de su relativo éxito, la reforma
previsional latinoamericana ha adolecido, según el
país, de cinco defectos: la perpetuación del
viejo sistema; la creación de un sistema mixto en el
que la cuenta personal es un suplemento del sistema estatal;
la recaudación por parte del Estado de las contribuciones
al sistema privado; el cobro de impuestos a las cuentas privadas
y la imposición de condiciones a los administradores
de pensiones.
Cuando se mantiene el viejo sistema, el Estado
compite deslealmente con el nuevo. Cuando se establece una
fórmula mixta, los pobres subvencionan a los ricos
y, como la factura de la pensión estatal la pagan las
empresas pequeñas y los trabajadores por cuenta propia,
los burócratas abortan un capital significativo. Cuando
se convierte en recaudador de las contribuciones, el Estado
nubla la diferencia entre ambos sistemas. Cuando cobra impuestos
a las cuentas privadas, el Estado ahuyenta la participación.
Y cuando limita las inversiones de los fondos privados, el
Estado crea un oligopolio que transfiere a la gente altos
costos administrativos.
En aquellos países -como Argentina,
Colombia o Uruguay- cuyas reformas adolecieron de varios de
estos defectos, la reforma funcionó menos bien. En
aquellos –como Chile y El Salvador- en los que el Estado
interfirió menos, funcionó mejor. A mitad de
camino, los que están más cerca del primer grupo
–como Bolivia- tuvieron más éxito que
los otros –como el Perú antes de corregir varios
errores iniciales. En todos los casos –hay que decirlo-
la privatización parcial obtuvo mejores resultados
que el sistema estatal.
Colombia es ejemplo del primer defecto. Los
nuevos trabajadores que optan por cuentas privadas, a quienes
se les cobra un impuesto, pueden regresar al antiguo sistema,
que el gobierno publicita. ¿Sorprende que el antiguo
sistema tenga el doble de trabajadores que el nuevo?
Argentina es ejemplo del segundo defecto.
El principio de reparto universal sigue operando aun cuando
se permite a los trabajadores optar por cuentas privadas,
de modo que los empleadores siguen pagando al Estado un impuesto
de 16 por ciento de cada salario –y los trabajadores
no asalariados pagan un impuesto de 27 por ciento. Esto equivale
a excluir a mucha gente del sistema (sólo un total
de 8 millones, la mitad de los que podrían ser, participan
en el sistema formal, sea el estatal o el mixto).
En Argentina, México, y Bolivia, el
Estado recauda las contribuciones al sistema privado –el
tercer defecto. Esto explica en parte por qué en Bolivia
muchos están fuera del sistema formal.
El Perú -ejemplo del cuarto defecto-
cobró en los primeros años un impuesto a las
cuentas individuales, hasta que en 1995 el gobierno debió
dar marcha atrás porque sólo habían optado
por cuentas privadas la mitad de los trabajadores que se esperaba.
El quinto defecto está presente en
todos lados: los administradores de pensiones operan bajo
camisa de fuerza. La peor imposición es la obligación
de comprar bonos del Estado que existe en algunos países.
Los ahorristas argentinos sufrieron las consecuencias cuando
el Estado suspendió el pago de la deuda en 2001. Los
mexicanos fueron obligados durante años a aceptar una
tasa de retorno más baja que la de los chilenos o los
salvadoreños porque 64 por ciento de los fondos tenían
que ser invertidos en bonos del Estado.
Mediante restricciones que impiden a ciertas
empresas competir en ese mercado, imponen rentabilidad mínima,
prohíben ofrecer más de un tipo de fondo y limitan
la inversión en el exterior, los gobiernos de América
Latina han elevado los costos administrativos a entre 20 y
30 por ciento del monto de las contribuciones de la gente,
provocando furia. Como estas reglas hacen que el resultado
de los distintos fondos sea muy similar, los (pocos) competidores
han dedicado excesivo tiempo y dinero a campañas de
mercadeo que han elevado sus costos (Chile relajó algunas
reglas y los costos administrativos cayeron).
El poder de la propiedad es tal, que aun
allí donde el éxito ha sido sólo parcial
ningún gobierno ha revertido la reforma. Cualquiera
que pretendiese hacerlo tendría que vérselas
con 13 millones de mexicanos que poseen $35 mil millones en
cuentas privadas o 3.3 millones de peruanos que poseen $6
mil millones.
Pero, al crear un sistema que obliga a la
gente a ahorrar a la fuerza y coloca barreras a la competencia,
los beneficios han sido menos gloriosos de lo que hubieran
podido ser –razón por la cual muchos varios han
reformado en algún momento sus propias reformas.
Esta es la lección que Estados Unidos
debe atender para su propia reforma: colocar límites
a la propiedad y al libre ejercicio de opciones significa
que tarde o temprano se debe cambiar las reglas otra vez.
Mientras más profunda es la reforma, muchísimo
mayor es el éxito.
*Alvaro Vargas Llosa es Académico
Senior del Independent Institute de California y autor de
“Rumbo a la libertad” (“Liberty For Latin
America”).
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