| UN CONTINENTE INDEFENSO
Por: Carlos Alberto Montaner
Fuente: Firmaspress.com
Estados Unidos desplazó hacia el Medio Oriente a la mitad
de los asesores militares destacados en Colombia. Es todo un síntoma
de la benigna negligencia con que Washington se relaciona con la
región pese a la cálida retórica de sus diplomáticos.
Eventualmente, acabará desentendiéndose del conflicto.
La compleja y difusa estructura del poder en Estados Unidos impide
el establecimiento de compromisos de largo alcance. El ''check
and balance'' conlleva ese efecto pernicioso: Estados Unidos no
es un aliado fiable. Su diseño institucional se lo impide.
Basta una alteración en el signo de la opinión pública
o en la aritmética parlamentaria para que se debiliten o
refuercen los nexos exteriores. Pero también se entiende
la fatiga norteamericana. América Latina no es África.
Si los latinoamericanos no son capaces de prosperar y mantener
la democracia y el orden interno, pese a contar más de dos
siglos de independencia, con universidades que poseen cuatro siglos
de fundadas y provistos de elites cultas y educadas, es muy poco
lo que Estados Unidos puede hacer.
El asunto es muy grave, porque llega en mal momento. Es una lástima
que las Cumbres Iberoamericanas que se reúnen periódicamente
no sirvan para examinar seriamente los problemas de la región.
El mayor peligro que hoy amenaza a todas las naciones latinoamericanas
es la evidente formación de un eje Castro-Chávez
encaminado a desestabilizar a todos los países de la zona.
Esta pareja de hecho (y pronto de derecho si se constituye la federación
cubano-venezolana de que tanto se habla), tras un sesudo análisis
de las condiciones objetivas de la historia, como dicen en esa
secta incurablemente palabrera, ha arribado a cuatro conclusiones
espeluznantes.
La primera consiste en la certeza de que el colectivismo marxista
ha revivido mágicamente tras los quince años de letargo
producidos por la desaparición de la URSS. La segunda conclusión,
es que, esfumada la referencia moscovita, la revolución
ya no es un objetivo alcanzable en las naciones europeas, pero
sí en América Latina. En vista de ello (y ésta
es la tercera), la capital de la revolución planetaria se
ha mudado al Caribe, entre La Habana y Caracas, y hoy esas dos
ciudades desempeñan el papel que hasta 1991 representaba
Moscú. Cuarta y última: esa América Latina
revolucionaria enterrará a Estados Unidos y al capitalismo.
Tomará décadas de sangre, sudor y lágrimas,
pero tras la lucha final el mundo será justo e igualitario,
como lo soñaron Lenin, Ché Guevara, Pol Pot y otros
personajes de la misma fauna depredadora.
Naturalmente, estamos ante un intenso ataque de mesianismo, pero
el hecho de que Chávez y Castro sean dos loquitos parlanchines
borrachos de gloria no les resta peligrosidad. Hitler también
era un loquito parlanchín borracho de gloria. Por el contrario:
mientras más delirantes se vuelven estos tipos, más
riesgos corren sus vecinos. Mientras más convencidos estén
de que el destino los ha elegido para salvar a la Humanidad, más
cerca nos encontramos de que desaten mil catástrofes irreparables.
Fidel Castro, que nunca ha abandonado la tarea de transformar
el mundo, en la segunda mitad del siglo XX provocó o alentó un
baño de sangre que todavía persiste en lugares como
Colombia o la propia España. Durante décadas, Cuba
se convirtió en el santuario y campo de adiestramiento de
miles de terroristas y guerrilleros de medio centenar de países,
entre los que había etarras, palestinos y narcotraficantes
colombianos. Ese ''proyecto de conquista revolucionaria'' se hundió con
la URSS, pero ahora reverdece por otros métodos con el respaldo
de los petrodólares venezolanos.
¿Qué van a hacer las frágiles democracias
iberoamericanas ante este nuevo vendaval que se les viene encima?
Seguramente, nada. No saben calibrar los riesgos. No son capaces
de formular una estrategia defensiva, y carecen de una política
exterior coherente. Argentina examina la posibilidad de venderle
a Chávez un reactor nuclear. Ya la irresponsable España
de Zapatero le facturó cuatro fragatas armadas con poderosos
cohetes antiaéreos, y al señor Lula parece que le
hace mucha gracia que su vecino fronterizo reclute una milicia
de millón y medio de soldados, seis veces mayor que el ejército
brasilero. El acto final de esta tragedia es, pues, muy fácil
de predecir: antes de que el castro-chavismo se hunda y desaparezca,
cosa que sucederá sin remedio en los próximos años,
América Latina retomará el ciclo de horror y autoritarismo
que parecía superado. Ese debió ser el gran tema
de la Cumbre, dado que es inútil esperar que Washington
nos saque las castañas del fuego. En Washington son cada
vez más quienes piensan que es inútil o imposible
tratar de rescatar a los latinoamericanos de ellos mismos.

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